¿Con Quién Estableció Dios Su Pacto? With Whom Did God Establish His Covenant?

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Maria Dorsey 📖 Gabriela Ramie 01-07-2023

Desde el principio, Dios llamó a Abraham con un propósito específico: formar de él una gran nación por medio de la cual serían benditas todas las familias de la tierra (Génesis 12:1-3). Como parte de ese propósito, Dios hizo un pacto eterno con Abraham, prometiéndole una descendencia numerosa, la tierra de Canaán y sobre todo, que de su linaje vendría el Mesías, Jesucristo.

Sin embargo, el cumplimiento de esa promesa pareció tardar. Abraham y Sara envejecían sin tener hijos, y la espera puso a prueba su fe. En lugar de esperar el tiempo perfecto de Dios, Sara decidió actuar por su propia cuenta y entregó a Abraham a su sierva egipcia Agar para que tuviera un hijo con ella, conforme a la costumbre de la época (Génesis 16:1-4). De esa unión nació Ismael.

Aunque Ismael fue el primer hijo biológico de Abraham y según las costumbres humanas, habría sido el heredero principal, Dios dejó claro que Su pacto no estaría basado en las tradiciones humanas, sino en Su voluntad soberana y en Su promesa. El nacimiento de Ismael fue consecuencia de una decisión humana, mientras que Isaac nacería como resultado directo del poder y la fidelidad de Dios.

Años después, cuando Abraham tenía noventa y nueve años, Dios reafirmó Su pacto y cambió los nombres de Abram por Abraham y de Sarai por Sara. En esa ocasión, Dios anunció nuevamente que Sara daría a luz un hijo. Abraham, pensando en Ismael, respondió: «Ojalá Ismael viva delante de ti» (Génesis 17:18). Sin embargo, Dios respondió con absoluta claridad:

«Mas yo estableceré mi pacto con Isaac, el que Sara te dará a luz por este tiempo el año que viene.» (Génesis 17:21).

Estas palabras no dejan lugar a dudas. El pacto abrahámico no sería establecido con Ismael, sino con Isaac, el hijo de la promesa. Dios incluso prometió bendecir a Ismael, hacerlo fecundo y convertirlo en una gran nación (Génesis 17:20), pero distinguió cuidadosamente entre una bendición temporal y el pacto eterno. Ismael recibiría prosperidad y una gran descendencia; Isaac heredaría el pacto mediante el cual Dios llevaría adelante Su plan de redención.

El nacimiento de Isaac fue un milagro. Sara era estéril y ambos eran de edad avanzada, de manera que su nacimiento fue una demostración de que las promesas de Dios no dependen de la capacidad humana, sino de Su poder. Isaac representa la obra de Dios; Ismael representa el esfuerzo humano por cumplir una promesa divina mediante recursos humanos.

El apóstol Pablo utiliza precisamente este acontecimiento para enseñar una profunda verdad espiritual. En Gálatas 4:22-31 explica que Agar e Ismael simbolizan el pacto de la esclavitud y el esfuerzo de la carne, mientras que Sara e Isaac representan la libertad y la promesa de Dios. Pablo no está despreciando a Ismael como persona; está utilizando la historia como una ilustración espiritual para demostrar que la salvación y las promesas de Dios nunca se obtienen por esfuerzos humanos, sino únicamente por la gracia divina.

Más adelante, cuando Dios pidió a Abraham ofrecer a Isaac en sacrificio (Génesis 22), confirmó una vez más que Isaac era el heredero del pacto. Ese acontecimiento también se convirtió en una poderosa figura profética del sacrificio de Jesucristo, el Hijo prometido, quien moriría siglos después por la salvación del mundo.

El Nuevo Testamento reafirma este principio. En Romanos 9:6-9, el apóstol Pablo explica que no todos los descendientes físicos de Abraham son herederos de la promesa. La Escritura declara:

«En Isaac te será llamada descendencia.»

Esto significa que el pacto de Dios siempre avanzó por la línea escogida por Él, no simplemente por el orden natural de nacimiento.

Es importante entender que Dios nunca rechazó ni dejó de amar a Ismael. De hecho, escuchó el clamor de Agar en el desierto, protegió al muchacho y cumplió Su promesa de convertirlo en una gran nación (Génesis 21:17-21). Sin embargo, el pacto mesiánico, la herencia espiritual y las promesas relacionadas con la redención de la humanidad fueron reservadas exclusivamente para Isaac y, posteriormente, para Jacob, cuyo nombre fue cambiado a Israel.

En última instancia, el pacto establecido con Isaac apuntaba hacia Jesucristo. El Mesías nació de esa línea genealógica, cumpliendo las promesas hechas a Abraham muchos siglos antes. Por eso, todos aquellos que ponen su fe en Cristo llegan a ser herederos espirituales de Abraham, no por descendencia física, sino por la fe (Gálatas 3:29).

La historia de Ismael e Isaac nos enseña una lección que sigue siendo válida para los creyentes de hoy: las promesas de Dios nunca necesitan la ayuda de la impaciencia humana. Cuando intentamos adelantarnos al plan divino, podemos producir resultados que traen conflictos y consecuencias duraderas. En cambio, cuando esperamos en el Señor y confiamos en Su tiempo perfecto, Él cumple exactamente lo que ha prometido. Dios es siempre fiel a Su palabra, y Su voluntad prevalece por encima de los planes y esfuerzos del ser humano.

Glorias y alabanzas al Dios de Israel, el Eterno y soberano nuestro. Maranata.

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